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Tierra, agua y fuego: una desgracia nunca viene sola

Los tsunamis son fenómenos poco frecuentes en Europa, lo que hace del tsunami de 1755 un acontecimiento aún más extraordinario, ya que cruzó todo el Atlántico. Como tsunami transoceánico, puede compararse con el tsunami de Sumatra de 2004 y con otros tsunamis que cruzan el Pacífico. Los tsunamis con estas características suelen generarse por grandes fallas con movimientos muy amplios. Se cree que una falla de este tipo se rompió en 1755. Según los estudios realizados sobre el tema, la falla que se rompió y deformó el fondo oceánico en 1755 medía 100 km de largo por 50 km de ancho. Se estima que esa misma falla desplazó el fondo oceánico unos 20 m de altura, provocando así un tsunami transoceánico.

Los registros a los que hoy tenemos acceso corroboran este análisis, con informes sobre el impacto del tsunami en Inglaterra, Francia, Brasil, Canadá y el Caribe, donde, por ejemplo, se observaron olas de 3 m. El mayor impacto se produjo, en efecto, en Portugal, pero también en Marruecos y el sur de España. Los registros históricos muestran que en Cádiz las olas habrían alcanzado más de 10 m. En el Portugal continental, olas de entre 10 y 15 m habrían llegado a la zona de Sagres, y en Lisboa se estima que alcanzaron los 5 m.

Uno de los testimonios que se pueden estudiar hoy es el de un capitán de marina inglés que se encontraba en Lisboa el día del terremoto. El fuerte de Bugio, todavía visible hoy en la desembocadura del río Tajo, quedó rodeado por las aguas del tsunami, y el capitán, desde su barco, observó los siguientes hechos: «… El castillo de Bugio quedó tan sumergido por el agua que la guarnición disparo varios cañonazos como señal de auxilio y se vio obligada a replegarse a la parte superior de la torre. Según mi mejor juicio, el agua subió en cinco minutos unos 16 pies (aproximadamente 5 metros), y a las dos de la tarde la marea recuperó su curso natural.»

Hoy se sabe que las olas de un tsunami viajan en alta mar a la velocidad de los aviones comerciales, unos 800 km/h, pero esa velocidad es mucho más lenta que la de las ondas sísmicas, que se propagan a 8, 9 o 10 km por segundo. Existe, por tanto, un desfase entre la llegada de las ondas sísmicas y la de las olas de un tsunami. En 1755, el tiempo de llegada estimado de las olas del tsunami al fuerte de Bugio fue de 30 minutos. En cuanto al centro de Lisboa, al ser la profundidad del agua mucho menor, las olas se propagaron mucho más despacio, por lo que se estima que tardaron quizá entre 70 y 90 minutos en llegar a la ciudad.