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La Lisboa perdida

En los días previos al terremoto, Lisboa impresionaba a extranjeros y viajeros por su riqueza, sus palacios y sus iglesias. El torrente de oro llegado de Brasil permitía celebrar fiestas suntuosas y fastuosos fuegos artificiales, además de la construcción de monumentos majestuosos como la flamante Ópera —inaugurada en marzo de 1755, era célebre por su riqueza, su suntuosidad y sus dimensiones descomunales: 600 espectadores en la sala, cuatro pisos de palcos (38 en total) y un escenario tan profundo que podía albergar a 25 caballos.

Estaban las custodias de oro de la iglesia patriarcal, los cofres de la Casa da Índia, las joyas de la iglesia de San Roque, los relojes y la vajilla de plata de las familias aristócráticas. En el interior de las iglesias, relúcían diamantes sobre el lino, las cortinas y los ornamentos, y la forja de hierro con metales preciosos brillaba sobre los altares. Otra forma de exhibir la propia riqueza era mostrar el servicio doméstico, siendo el ejemplo más extremo la célebre iglesia patriarcal, con su legión de músicos y cantores. El cardenal patriarca circulaba por las calles en su carroza, rodeado de decenas de sirvientes vestidos con amplios calzones, tocados con sombreros rojos y ataviados con togas rojas bordadas en oro, imitando el séquito del papa.

En la Lisboa de 1755, resultaba casi habitual poseer objetos de lujo procedentes de la India y China: porcelana, seda y muebles de maderas preciosas. El verdadero lujo, sin embargo, se encontraba en los productos europeos, como los atuendos de las mujeres ricas, vestidas a la moda francesa y adornadas con chales orientales. Los muros de los palacios podían albergar los tesoros más raros, como en la casa del duque de Lafões, donde colgaban cuadros de Tiziano, Veronés y Rubens. En el Paço da Ribeira, donde vivía el rey José I, había tapices de Flandes, techos pintados por maestros italianos y porcelana china, una vasta biblioteca y todos los objetos raros acumulados a lo largo de siglos de regalos diplomáticos.

Las cartas de los visitantes también nos revelan que Lisboa era sucia y maloliente, con calles estrechas repletas de perros callejeros y ganado de gran tamaño, pero aun así solo podemos imaginar lo increíblemente bella y rica que debió de ser esta ciudad.