El terremoto ocurrió el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, una fiesta importante del calendario litúrgico. Lisboa, una de las ciudades más fervientemente católicas del siglo XVIII, estaba en plena efervescencia aquel día. Sus iglesias estaban engalanadas y llenas de fieles asistiendo a misa cuando el terremoto golpeó a las 9:40 de la mañana. Tres sacudidas, en el espacio de nueve minutos aterradores, azotaron la ciudad.
A pesar de la escasa fiabilidad de los testimonios recogidos bajo el efecto traumático de la experiencia, y de algunos transcritos más tarde por testigos indirectos, puede estimarse una descripción de la cronología del terremoto. Al principio se oyó un estruendo, una especie de trueno, y luego llegó la primera sacudida, que duró algo más de un minuto. Muchos testigos hablan de una sensación parecida a montar en carros gigantes o a miles de caballos al galope. Otros testigos compararon el estrépito con una manada de elefantes. Tras un breve intervalo, no más de un minuto, sintieron la segunda sacudida, con mayor violencia. Duró unos dos minutos, y las primeras casas comenzaron a derrumbarse. Los tejados y los «sobrados» (suelos de madera) se derrumbaron, y el yeso se desprendió de las paredes. Los muros se abrieron y las torres cayeron. Sobrevino entonces el tercer temblor, momento en el que los testimonios se vuelven más difusos. Casi todos afirman que la mayoría de las casas dañadas se derrumbaron en esta fase. Muchos dicen haber visto la tierra y la ciudad ondular, como un campo de trigo agitado por el viento. Otros mencionan las tejas volando como plumas. Los edificios derrumbados proyectaron sobre la ciudad una nube de polvo asfixiante, oscureciendo las calles y bloqueando la luz del sol. La mayoría de los testigos hablan de una duración total de 6 a 9 minutos. Algunos mencionan solo dos sacudidas, sin distinguir la segunda de la tercera.
Las iglesias estaban llenas en el momento de las sacudidas, y muchas personas murieron con el derrumbe de las bóvedas de piedra, como fue el caso de la iglesia del Carmo. Muchos aristócratas sobrevivieron a la catástrofe, ya que solían asistir a misa después de las once de la mañana, y muchos de ellos se encontraban fuera de la ciudad, en palacios o casas de campo.
Los incendios estallaron poco después en muchos lugares a la vez, propagándose principalmente desde la zona del Rossio. Las velas y candelabros caídos, sacados para celebrar el Día de Todos los Santos, prendieron fuego a muebles, objetos de madera y telas en iglesias y capillas. Al ser un día de celebración, los hornos de las casas y las panaderías también funcionaban a pleno rendimiento a esa hora de la mañana, preparando los manjares que los lisboetas y los numerosos visitantes presentes en la ciudad comerían aquel día. Prendieron fuego rápidamente, y el incendio se propagó de las cocinas al resto de las casas. Los incendios en el interior de los edificios pronto se extendieron a las estructuras vecinas debido a los fuertes vientos.
El horror del incendio se vio agravado por los numerosos heridos atrapados entre los escombros del terremoto o inmovilizados en sus camas, atrapados por las llamas. El incendio fue tan devastador y profundo que, más de un mes después, edificios y escombros seguían ardiendo. António dos Remédios, testigo presencial, publicó una carta en la que refutaba algunos de los testimonios más exagerados, pero subrayaba el horror del incendio, con las numerosas personas quemadas vivas.
Las estructuras de las casas en la Lisboa previa al terremoto eran de madera, igual que muchos de sus muros y suelos. Muchos edificios tenían pisos en voladizo, con las plantas superiores avanzando sobre la calle. Ese espacio adicional resultaba muy útil desde el interior, pero en la calle, cada piso se acercaba peligrosamente al edificio de enfrente. Esta estructura creaba auténticos túneles en las ya estrechas y serpenteantes calles del centro de Lisboa, por los que el fuerte viento, calentado por el fuego, avanzaba aquel día como en un horno. En algunas calles, aquel día, apenas se podía sobrevivir un minuto antes de que el espeso humo acabara con la vida de quien lo respiraba.
Para empeorar las cosas, Lisboa contaba entonces con un suministro de agua muy deficiente. Las peleas entre aguadores y la escasez de agua eran habituales en la capital. El acueducto de las Águas Livres, construido durante el reinado anterior, aportaría cierta respuesta a esta calamidad, pero en 1755 todavía había muy pocas fuentes públicas. El día del terremoto, gran parte de estas infraestructuras quedaron destruidas.
Ni siquiera las olas de agua provocadas por el tsunami lograron extinguir los incendios. Al contrario, arrastraron aún más escombros que alimentaron los fuegos circundantes. Para colmo, algunos ladrones también incendiaron edificios para alejar a la gente de sus pertenencias. Desesperados, los supervivientes abandonaron sus casas y huyeron hacia los arrabales. Sin agua ni brazos para extinguirlo, el fuego pudo propagarse a su antojo, devorando todo a su paso.
El viento siguió soplando y los incendios ardieron durante días, prolongando la sensación de que la ira de Dios había golpeado Lisboa y de que había llegado el Juicio Final. Los cuatro elementos —Tierra, Agua, Aire y Fuego— parecían haber unido sus fuerzas contra la población. Pero el fuego fue, sin duda, el elemento más destructivo, causando muchos más daños que el terremoto o el tsunami.
A lo largo del día se sintieron réplicas del terremoto varias veces, aunque mucho más leves. En la madrugada del 8 de noviembre de 1755 se produjo otra réplica, bastante violenta, que hizo derrumbarse algunos edificios ya dañados y agravó el clima de pánico. El veinticinco de diciembre, a las dos de la madrugada, la tierra tembló levemente por última vez en el año 1755, en Lisboa.
Este grabado francés muestra los incendios aún furiosos en el horizonte, mientras los supervivientes comienzan a refugiarse en tiendas en primer plano. Es posible también que el artista intentara representar todos los horrores del acontecimiento en una sola imagen: el terremoto, el tsunami y los incendios. A lo lejos pueden verse campanarios derrumbándose mientras las aguas desbocadas del río suben y los incendios arden en cada rincón de la ciudad.
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Historia universal dos terremotos, que tem havido no mundo, de que ha noticia, desde a sua creaçaõ até o seculo presente. : Com huma narraçam individual do terremoto do primeiro de novembro de 1755., e noticia verdadeira dos seus effeitos em Lisboa, todo Portugal, Algarves, e mais partes da Europa, Africa, e América, aonde se estendeu: e huma dissertaçaõ phisica sobre as causas geraes dos terremotos, seus effeitos, differenças, e prognosticos; e as particulares do ultimo. : Mendonça, Joachim José Moreira de : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive
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