El 1 de noviembre de 1755, solo el rey tenía potestad para confirmar todas las decisiones tras escuchar a los distintos consejos y tribunales de la Monarquía. Dada la urgencia de la situación, correspondía a los secretarios de Estado actuar. Pero no siempre resultaba fácil para los secretarios de Estado tomar decisiones sin la aprobación del rey. Todo dependia del prestigio de estos secretarios de Estado, de la confianza que el rey depositaba en ellos y de la autoridad que este les otorgaba. Los secretarios de Estado en funciones el día del terremoto eran Pedro da Mota e Silva, secretario de Estado del reino; Diogo de Mendonça Corte Real, secretario de Estado de marina y ultramar; y Sebastião José de Carvalho e Melo, secretario de Estado de asuntos exteriores y guerra. Los tres tuvieron comportamientos muy distintos ante la catastrofe. De los secretarios de Estado, dos no regresaron a la ciudad. Con más de setenta años y enfermo, Pedro da Mota pasó el tiempo encerrado en su casa. Diogo de Mendonça desapareció durante varias horas, al parecer aterrorizado. Se limitó a enviar a su «novia» neerlandesa, que vivía con él, para llevar sopas a la reina. Otras figuras importantes de la corte, como António da Costa Freire, magistrado con experiencia en diplomacia, y Estevão Pinto, huyeron a sus propiedades.
Según diversos testimonios, Sebastião José de Carvalho e Melo dejó a su familia en su palacio y, atravesando una ciudad sumida en el caos absoluto, fue a buscar al rey a Belém. Sebastião José, secretario de Estado de asuntos exteriores y guerra, tomó las riendas de la situación, adoptando decisiones y firmando frenéticamente avisos, órdenes y disposiciones dirigidas a las autoridades del reino, sin preocuparse por el formalismo habitual ni por las normas legales. Se extralimitó así en su misión, que consistía en ocuparse de la diplomacia y de los asuntos bélicos, porque el terremoto era, en efecto, una auténtica «situación de guerra». La ciudad no habría quedado en peor estado si la artillería de un enemigo terrible la hubiera bombardeado. Sebastião José no perdió ni un instante.
Cuando Pedro da Mota murió pocos días después del terremoto, sus papeles y todos sus documentos fueron entregados a Sebastião José por orden del rey. Aunque Diogo de Mendonça Corte Real parece haber respaldado a António Freire de Andrade —uno de los consejeros del supremo tribunal de justicia y hacienda— para suceder a Pedro da Mota, el rey no quedó convencido. Sebastião José demostró una capacidad de acción sin parangón, y el rey, indeciso entre partir hacia el Alentejo o quedarse en Belém, parecía confiar en el coraje político de su secretario de Estado. Por supuesto, la historia detallada de las disposiciones adoptadas permite identificar a muchos otros protagonistas. Numerosos aristócratas instalaron hospitales de campaña en jardines, con médicos y cirujanos. El hermano del duque de Lafões buscó muertos y heridos entre las ruinas, y monseñor Sampaio, prelado de la iglesia patriarcal, se encargó de enterrar a más de 240 cuerpos y rescató a muchas personas de los escombros. Sin embargo, nada parece comparable al ascenso administrativo protagonizado por Sebastião José.
Fue tan llamativo que, el 25 de febrero de 1756, apareció la «Carta escrita desde Portugal a un gran español», que acusaba a Sebastião José de tener un origen social dudoso y de haberse apropiado de los ingresos del Estado. Se le describía como un «político altivo, orgulloso, pretencioso y muy débil por su humilde origen». También se publicó un texto de António Pereira, dedicado al duque de Lafões, Dom Pedro de Bragança, que elogiaba a quienes más se habían distinguido tras el terremoto, ignorando por completo el nombre de Sebastião José. El duque de Lafões, el duque de Aveiro, el marqués de Angeja, el conde de São Lourenço y el hijo del marqués de Marialva reciban todos grandes elogios. Asimismo, el marqués de Alorna, Dom Miguel de Almeida Portugal, intendente de hacienda y virrey de las Indias antes de regresar en 1752, fue asociado a la «oposición» a Sebastião de Carvalho e Melo. Se le atribuye la frase «Enterrad a los muertos, cuidad de los vivos y cerrad los puertos», respuesta que dio al rey cuando este, presa del pánico, no sabía qué hacer. Alorna murió en 1756, pero desempeñó un papel esencial en la recogida de trigo para alimentar a la ciudad, misión en la que también participó el marqués de Tancos. Sin embargo, el recuerdo de su papel en la respuesta al terremoto casi ha desaparecido, señal de las luchas soterradas en que estaban enzarzadas las grandes figuras de la corte.
Como prueba de la gravedad de la situación, un decreto del 17 de agosto de 1756 ofreció una recompensa a quien aportara información sobre la conspiración contra el secretario de Estado Sebastião José, prometiendo 20 000 cruzados a quien revelara la identidad de sus autores. António da Costa Freire, consejero del supremo tribunal de justicia, era considerado el cabecilla de la trama para hacerse con el poder, con la ayuda de los duques de Lafões y Aveiro, los marqueses de Angeja y Marialva, el conde de São Lourenço, algunos de los aristócratas más importantes del reino, y un empresario, Martinho Velho da Rocha Oldenburg, que representaba los intereses del comercio con Oriente. Aunque las acusaciones nunca se confirmaron, Diogo de Mendonça Corte Real parece haber respaldado esta oposición, socavando así la influencia de Sebastião José. Por su parte, el marqués de Tancos y José Seabra da Silva apoyaban al secretario de Estado Sebastião José.
La tensión política, que fue transformándose poco a poco en odio, formaba parte de la sociedad cortesana y del modo de gobierno de Portugal desde el siglo XVI. No parece, sin embargo, que entorpeciera la respuesta al terremoto durante los primeros meses. Las principales figuras políticas de la corte asumieron papeles distintos, cada vez más enredadas en la trama política y superadas por la agilidad administrativa del secretario de Estado Sebastião José de Carvalho e Melo.
1 - Sebastião José de Carvalho e Melo (más tarde conocido como Marquês de Pombal) (1699-1782) Secretário de Estado dos Negócios Estrangeiros e da Guerra (secretario de Estado de Asuntos Exteriores y Guerra)
Aprovechando la ausencia de los otros dos secretarios del gobierno —Pedro da Mota e Silva y Diogo de Mendonça Corte Real—, Carvalho e Melo se dispuso a gestionar la crisis y trabajó sin descanso durante los días posteriores al terremoto.
Carvalho e Melo, noble de mediana nobleza sin formación conocida, era un diplomático muy respetado, tras haber servido en Londres y Viena, y logró abrirse camino en la corte real, donde fue nombrado secretario de asuntos exteriores y guerra en 1750. Como la casa de e Melo no fue destruida por la catastrofe, el rey consideraba que su secretario gozaba de protección divina, idea que algunos en la corte juzgaban del todo ridicula. Se ha especulado mucho sobre las razones de la confianza que el rey depositaba en Sebastião José, desde la relación de su esposa austriaca con la reina viuda hasta el interés del secretario por los negocios en Brasil, cada vez más relevantes en la corte. Si es cierto que el oro de Minas Gerais, en Brasil, se veía como la palanca desesperada para la reconstrucción de Lisboa, la capacidad de trabajo y la energía del secretario fueron sin duda un factor decisivo. El mismo día del terremoto y en los días siguientes, Carvalho e Melo tomó numerosas decisiones importantes en nombre del rey, sometiendo ya el 2 de noviembre de 1755 a las órdenes del rey al duque de Lafões y a D. Diogo de Noronha, marqués de Marialva, con las palabras ineludibles: «¡Su Majestad lo ordena!». Sebastião José mandó construir, cerca de la tienda del rey, una cabaña de madera hecha con tiendas de guerra traídas del Alentejo. Allí instaló su secretaría de Estado. A partir de entonces movilizó el aparato judicial y restableció el orden.
El 4 de mayo de 1756, el rey D. José nombró a Sebastião José de Carvalho e Melo para la secretaría de Estado de los asuntos del reino, formalizando así su poder sobre el territorio, lo que le permitió acumular otros cargos de secretario a los que nombraría ministros de su confianza. Acumulando así numerosos cargos importantes, llegaría más tarde a ser Conde de Oeiras y después Marquês de Pombal, nombre con el que ha pasado a la historia.
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