Lisboa era una ciudad de contrastes. La ciudad estaba poblada de ricos y pobres que vivían codo con codo. Cientos de mendigos vagaban por las calles inmundas y esperaban frente a monasterios y conventos comida y cobijo. En el Portugal del siglo XVIII, los pobres dependian de la caridad, prestada principalmente por la Iglesia católica. Además, muchos aristócratas adinerados tenían «sus» pobres, a quienes hacían donativos y prestaban ayuda con regularidad. Mercaderes y marineros de todo rango se mezclaban en las calles con las numerosas mujeres africanas que vendían maíz, arroz y tocino cocido.
Un gran número de artesanos podían enriquecerse con oficios que hoy se consideran modestos: pasteleros, confiteros, herreros y panaderos. Los contratos más importantes estaban vinculados a los artículos de lujo; orfebres, peluqueros y sastres podían llegar a ser muy ricos e influyentes, según su clientela. También había importantes comerciantes de alimentos, pan, carne y vino, lo que generaba conflictos dentro de la Cámara de Lisboa. En cambio, los aprendices de oficio podían proceder a veces de familias muy pobres y ser colocados —casi en condición de semiesclavitud— para aprender el oficio de zapatero, tonelero o cordelero. Multitud de criados, señores aristócratas, capitanes e incluso frailes llevaban una vida de dependencia: alojados en casa de su amo, caían en la pobreza en cuanto eran despedidos de su trabajo. El caso más singular era el de los soldados. Cobraban su sueldo, a veces solo comida, especialmente en tiempos de guerra. Vivían con muy poco, recibían su paga con retraso y a veces pasaban meses, incluso años, sin cobrar. Se tiene constancia de soldados, e incluso oficiales, con calzado hecho jirones y miserable. La delincuencia y la mendicidad aumentaron y se convirtieron, a mediados del siglo XVIII, en uno de los sellos distintivos de Lisboa, un asunto muy debatido por las autoridades.
También había multitud de personas ligadas a trabajos no cualificados y a los oficios del mar —desde ayudantes de pescadores, remeros, marineros y porteadores, hasta vendedores de pescado frito y sardinas— que vivían al día.
Muchos de estos trabajos los realizaban personas esclavizadas, que formaban la parte más desprotegida de la sociedad. Sus amos también las alquilaban para trabajos diarios, aunque algunas ganaban dinero como artistas, cantantes, guitarristas o encaladoras. Incluso después de ser liberadas, muchas personas esclavizadas siguieron ejerciendo estos oficios.
Con unos 200 000 habitantes, Lisboa era la cuarta ciudad más grande de Europa, y aunque los viajeros la consideraban sucia, llena de perros callejeros y animales de gran tamaño, la riqueza de sus palacios e iglesias impresionaba a los extranjeros: custodias de oro de la iglesia patriarcal, cofres de la Casa da Índia, joyas de la iglesia de San Roque, y el interior de los templos, donde relucian diamantes sobre cortinas, manteles y ornamentos litúrgicos, y los altares aparecian cubiertos de oro. El ejemplo más extremo era la célebre iglesia patriarcal, con su legión de músicos y cantores. El cardenal patriarca recorría las calles en carroza, acompañado de decenas de sirvientes ataviados con amplios calzones, pelucas y togas rojas bordadas en oro, imitando el séquito del papa. Los muros de los palacios albergaban los tesoros más raros, como en la casa del duque de Lafões, donde había cuadros de Tiziano, Veronés y Rubens. En estos palacios, la comida se servía en magníficas vajillas de plata durante fastuosas fiestas. Las mujeres adineradas vestían a la moda francesa, con chales orientales sobre los hombros. En el Paço da Ribeira, residencia del rey, tapices de Flandes cubrían las paredes, los techos estaban pintados por maestros italianos y por todas partes había porcelanas chinas. Había también una vasta biblioteca de unos 70 000 volúmenes y todos los objetos raros y preciosos acumulados a lo largo de siglos de regalos diplomáticos.
Un cuadro rico en detalles interesantes: un cortejo fúnebre, algo inusual de representar en la plaza del Rossio, y un hombre suspendido por los brazos de un poste. Suspendido, no ahorcado, se trata más bien de un castigo o una humillación pública. Esta escena nos recuerda que la Inquisición tenía aquí su sede, con su tribunal y su prisión, y que fue también aquí donde se celebraban los «autos de fe». Al fondo, el rico detalle de la fachada manuelina del Hospital de Todos os Santos.
En este panel de azulejos barrocos podemos ver el mercado de la Ribeira Velha en Lisboa. Antes del terremoto, los lisboetas solían venir aquí a comprar su pescado, fruta y verdura. Fíjese hasta dónde llegaban las aguas del río, con barcas amarradas y pescadores cargando cestas. Fíjese en las mujeres que venden y en una figura más distinguida, tal vez un rico comerciante. Entre las casas circundantes, casi todas con soportales y tiendas, observe la peculiar fachada de la Casa dos Bicos.
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